Una cabaña en el bosque, pero sin bosque.

La ventana es tan grande que la casa entera es un balcón.
Aún no lo sé, pero nuestro amor es Tradescantia zebrina.
La cama es palanquín de mentira. Las cosas no están.
Las cosas y nosotros ocupamos un espacio similar en dos continentes.
Las cosas no tienen baño. Nosotros sí.
Y los libros entran y salen porque no tenemos nada.
Hace más frío que nunca pero nosotros paseamos.
Y tú eres una especie herbácea y perenne perteneciente a la familia de las commelináceas.
Y yo soy una especie herbácea y perenne perteneciente a la familia de las commelináceas.

 

La mayor colonia de españoles está en un Primark de Londres

Expúlsame como tinta de calamar y deja que me cubra el pelo de un color que nadie entiende. Porque mi hijo es de pelo oscuro cuando yo lo veo casi rubio. Y las horas transcurren por teléfono. Y el amor es a distancia. Y las frambuesas hay que cogerlas antes de que se echen a perder. Ayer vino el casero y me dijo que lo que tenemos son blackcurrants, que no sé cómo se dice en español. Nunca llega a ser verano, pero en la casa grande hay una habitación para hacer el amor.

Espantapájaros

Mi padre se llevó las tijeras de cortar las uñas y sólo dejó unas redondeadas, de las que cortan las uñas de verdad. Podría decir que gracias a mi padre aprendí a cortarme las uñas como todo el mundo. Te quieres llevar un muñeco o un peluche para ponerlo en mi futura habitación. Para marcarla, pienso. Para decir que tienes una hija, con una habitación y un muñeco o peluche que le importa,  aunque tú coges uno al azar. No va a haber una habitación, te digo. Estás mal de la cabeza. No toques mis cosas. En doce años nacerá mi hijo y no lo conocerás. No sabrás que tiene mis ojos que se supone que eran los tuyos. Sabrás que tiene ojos, pero no sabrás cómo son.

Cuando mi hijo me mira no me acuerdo de ti, tampoco cuando me voy a dormir pero sí cuando duermo. Tú apareces en los sueños y yo ya lo veo normal. Eres la única persona que conduce coches en los sueños y la que unas veces recibe reproches y otras no.

Siempre cuento la misma anécdota, la del espantapájaros, o cómo vi a mi padre llenarse la ropa de billetes y esa fue la última vez que le vi. Punto. A veces dudo, porque recuerdo haberte visto de lejos cerca del Metro de Colón un poco después o un poco antes, pero esa no cuenta. Nunca te había visto por el centro, así que igual ni siquiera eras tú, o sí, pero esa no cuenta. Viéndote allí, en la ciudad, me di cuenta de que ya eras otra persona. Una tercera o una cuarta.

Fueron ocho millones lo que te metiste entre la ropa y posiblemente nadie lo notó, porque estabas gordo. Tengo entendido que aún lo estás y que ahora te afeitas toda la cara. Desde hace bastantes años. A mí la cara se me ha hecho más angulosa y la vagina más ancha. Ahora tengo un hijo. Atlas sólo se deja cortar las uñas mientras ve la intro de El Rey León, sujetando el móvil con una mano. No son las tijeras que dejaste en casa pero se parecen, porque son redondeadas. Tú no lo pensaste, pero te llevaste las tijeras normales y tuvimos que aprender de nuevo a cortarnos las uñas. También te llevaste el martillo normal y dejaste el que pesa muchísimo y es muy antiguo. Dejaste un montón de cosas raras y te llevaste las normales. Para fundar una nueva vida con cosas normales y que funcionan bien. Y pusiste sobre la cómoda una foto de la hija a la que nunca ves. Y yo te recuerdo gordo, relleno de billetes. Abyecto.

y las cosas (octubre 2013)

Y las cosas que me gustan siguen estando ahí, esperándome. Tú llegas todos los días un poco tarde y se hace la luz. Todo brilla cuando llegas, como el pecho de un vampiro y unos zapatos que me esperan en mi ciudad natal. Como mi ciudad natal y las sábanas sucias. Justo como las sábanas sucias que comparto contigo y no me importa. Porque tu sudor huele bien y siempre encontramos mejores cosas que hacer que cambiarlas.